Maridar no es una ceremonia. Es una decisión práctica que se toma mientras se cocina, con la olla ya puesta y la mesa a medio montar. En una comida de domingo no buscamos la combinación perfecta, sino un vino que aguante el ritmo de la sobremesa sin cansar ni imponerse al plato.
El primer criterio es el peso. Un guiso de cuchara, con su grasa y su tiempo de cocción, pide un tinto con cuerpo suficiente para sostener el bocado. Un asado de ave o una tabla de quesos funcionan mejor con algo más ligero, donde la fruta y la acidez limpien la boca entre plato y plato. La acidez, de hecho, pesa más de lo que parece: es lo que corta la sensación grasa y devuelve el apetito.
Hay dos errores que se repiten en casi todas las mesas. El primero es servir todo demasiado frío, sobre todo los tintos, que pierden aroma y se vuelven duros. El segundo es abrir la botella en el último momento, cuando ya estamos sentados. Sacarla un rato antes, sin aspavientos, ayuda a que el vino se exprese.
Para quien prefiere no beber alcohol, el ritual se mantiene igual: una bebida con acidez y algo de cuerpo, servida en la misma copa y en el mismo momento, cumple la misma función en la mesa. Lo importante no es la etiqueta, sino que la comida larga siga siendo un espacio para compartir.